Parafraseando a ciertos libros de hace unas décadas, “Esta tesis doctoral acabose de redactar –que no de imprimir, y en modo de borrador para remitir a quien la dirige- el día de la Epifanía de 2013, cuando quedan tres días para cumplirse los cuatro años desde que dejé mi trabajo anterior, entre otras cosas para terminar hacer un doctorado; también para vivir otra vida.
He dedicado, por tanto, los últimos cuatro años a estudiar un programa de doctorado en Paz y Seguridad Internacional en el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de la UNED. Tras dos años, realicé el proyecto de investigación para obtener el DEA en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales. El proyecto resultó ser el comienzo de una tesis doctoral: Acción cultural exterior y diplomacia pública españolas. 1939-2012.
Estos dos años han sido una lectura casi continua de documentos, libros e información diversa sobre España y su imagen, y sobre las acciones para aumentar el prestigio de nuestra nación en el mundo. Ello, por supuesto, sin dejar atrás la Historia de España. Prácticamente, salvo para preparar mis clases y en períodos de vacaciones –y de estos, no siempre-, he dejado a un lado cualquier otra lectura para centrarme en España, una nación a la que como militar juré –sí, juré- servir y a la que, como español quiero con toda mi alma.
De todo ello quedan cinco centenares de páginas que esperan la opinión de terceros para revisar, retocar o rehacer por completo; también, y tal vez lo más importante, quedan muchos centenares de libros, documentos y páginas de Internet leídos, anotados, analizados y pensados sobre la imagen de España, tanto dentro como fuera de ella.
No cabe duda de que nuestra nación es muy compleja. Nació hace ya varios siglos a partir de una serie de reinos que se unieron por alianzas y matrimonios y que adoptaron el español, que entonces no era la lengua más hablada, como idioma común, dejando atrás el portugués, el árabe y otros para ir, poco a poco, creando el español.
Pero no quiero hablar de historia; nadie duda, aunque algunos lo nieguen, de que los españoles tenemos una historia común, pero lo importante en este momento no es la Historia sino el futuro, aunque este último se base en la primera.
España ha construido una imagen a lo largo de su Historia repleta de grandes hechos y de estereotipos: unos ciertos y otros dentro de la famosa leyenda negra que describía, entre otros, Julián de Juderías. Pero también del hoy se alimenta la imagen. Hemos llegado al segundo decenio del siglo XXI con una enorme falta de fe en nosotros mismos y, lo que es peor, en nuestras instituciones. La opinión pública siente –ahí está la última encuesta del CIS- que la política se ha convertido en una casta, en una clase social a la que sirve el ciudadano, en lugar de al revés. Tráfico de influencias, “mordidas”, dinero al margen de impuestos, corrupción, despilfarro, sobres, encuentros en gasolineras, infraestructuras inservibles pero de costes trillonarios, parlamentos inservibles, diecisiete miniestados gastando a troche y moche y en los que no creemos –de nuevo me remito al CIS- tensiones independentistas de quienes se creen en posesión de la voz de los ciudadanos, periodistas enfangando –españoles y extranjeros- y un lago etcétera de hitos negativos jalonan lo que el Lazarillo de Tormes encarnaba como idiosincrasia de lo español: la picaresca. Picaresca que empieza por escamotear la factura del IVA en las chapuzas caseras y acaba en un buen número de millones en cuentas fuera de nuestra frontera.
¿Tiene solución? Claro: que la Justicia trabaje rápido y ponga en su sitio a los corruptos; desde los Lazarillos más pequeños a los más grandes Será el principio del fin de un estereotipo, el que más vale la pena erradicar cuanto antes: la picaresca.