Mi aprecio por Estados Unidos es público y notorio. Es un país del que me gustan muchas cosas –otras, ni tan solo un poco- y una de ellas es su capacidad para no esconder sus sentimientos con respecto a la nación que une al más de medio centenar de estados que lo componen.
Sin fisuras, la bandera de la Unión, que tiene mucha menos Historia (con mayúsculas) que la nuestra, en un país que tiene, también, menos Historia que el nuestro, ondea siempre por encima de cualquier otra porque es mucho más lo que los une que su carácter disgregador.
Ayer juró el cargo, esta vez ya de forma oficial y ante multitudes, el presidente de Estados Unidos. Un Obama que hace cuatro años se convirtió en la gran esperanza nacional y que, a pesar de esa esperanza, ha demostrado ser más márquetin que realidad; no obstante, alcanzó la victoria frente al candidato republicano y obtuvo su deseada reelección, con la que pondrá fin a su mandato. Se dice que estas son las legislaturas buenas para los norteamericanos, las segundas, ya que los presidentes dejan de vivir y gobernar según las encuestas para hacer lo que de verdad se proponen y proponen.
Juró el cargo, decía, ante multitudes que lo esperaban en el Mall, pendientes del momento histórico, el que muestran las imágenes, en una ceremonia transmitida a todo el mundo por las televisiones y que transmitía coherencia, unidad y, en definitiva, imagen de ese país que ha sabido vender al mundo el “America way of life” a través de sus películas, su moda, sus series y todo lo que rodea al mundo multimedia.
Habrá quienes, sin duda, critiquen su realismo, sus gastos en defensa, su imagen a veces altiva,su condición de guardián del mundo pero, al final, sus actos se retransmiten a todo el mundo y le conferimos, los demás, la imagen de noticia por encima de todo. Es un país que merece nuestra envidia (sana). Al menos, la mía.
